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El síntoma y la enfermedad - Telsalud


Columna semanal

El síntoma y la enfermedad

por Equipo Telsalud / 4 de septiembre 2020

En esta oportunidad, escribe Josefa Novoa, quien se presenta en esta primera colaboración Telsalud.

“Trabajo con jóvenes y adultos. Soy psicóloga clínica, cuento con un post titulo en psicoterapia focal psicoanalítica y actualmente estoy en proceso de formación para psicoanalista en la Asociación Psicoanalítica de Santiago (APSAN). Tengo experiencia en salud pública y en la consulta privada y llevo 5 años participando de la unidad de dolor crónico del hospital de la Mutual de Seguridad”.

 

A lo largo de la historia el síntoma y la enfermedad han sido conceptualizados de diversas maneras, destacando la cualidad de castigo divino en algunas culturas primitivas, quienes comprendían la enfermedad como una consecuencia de sus malas acciones o como formas de posesión demoníacas expresadas en el cuerpo. La tradición judeo-cristiana, de forma similar, nos entrega una mirada que se desarrolla en la línea de la culpa y del castigo. Se distingue de la mirada oriental, la que incorpora en su paradigma de la enfermedad, otros aspectos que se relacionan con el equilibrio homeostático del sujeto, quien se integra en la naturaleza como parte de ella y no como un ser independiente.

Lidiar con la enfermedad implica lidiar con los aspectos de vulnerabilidad e indefensión propios de nuestra condición de seres humanos. Si observamos el aspecto físico de nuestra existencia, es claro y evidente que el cuerpo es finito y limitado. Sin embargo, al adentrarnos en la experiencia subjetiva y emocional, esto se vuelve más difícil de integrar y tolerar, porque nos deja sujetos a nuestra profunda necesidad de dependencia y sostén.

En la cultura occidental actual, impera un paradigma médico-científico que ha sido tremendamente enriquecedor en muchos aspectos. Sin embargo, también ha colaborado en limitar o dificultar la capacidad de hacernos cargo de manera más activa de nuestras dolencias. El modelo médico enfatiza principalmente la posibilidad de diagnosticar a partir de síntomas objetivos que, englobados en un síndrome específico, constituyen una enfermedad susceptible de ser curada por un médico. Si bien, efectivamente la medicina es capaz de curar diversas enfermedades, este modelo no contempla muchas veces la subjetividad y el contexto de quien padece un determinado malestar. Se posiciona al paciente en un lugar de pasividad, en el que se espera (y se exige) que otro venga a aliviar y solucionar por completo lo que acontece. Sumado a lo anterior, se presenta la influencia de la cultura regente, que busca ensalzar los cuerpos sin identidad y que aspira alcanzar un ideal del yo basado en la productividad, la eficiencia y el consumo ilimitados; es decir, una cultura que intenta negar la finitud de nuestra existencia y de nuestras posibilidades.

En este escenario, resulta esperable que se complejice la tarea de profundizar en la conciencia de nosotros mismos, de nuestros vínculos y de los significados de nuestra experiencia.

Sin embargo, no nos hemos detenido a mirar suficientemente el rol que tiene el síntoma en el contexto de la salud mental. Desde el psicoanálisis, el síntoma no se define desde parámetros objetivables como un “problema” a resolver, sino que implica que la persona tome una posición respecto del padecimiento, el cual resulta impermeable a las soluciones cotidianas que se le puedan ofrecer (consejos de los amigos, familiares, etc.). Todos los síntomas psicoanalíticos poseen un sentido inconsciente, aunque el sujeto lo ignore. El síntoma es la expresión subjetiva de un conflicto latente que no puede ser expresado de otra forma. En este sentido, la curación o alivio no va exclusivamente en la línea de erradicar el síntoma, sino más bien en la comprensión que podemos alcanzar de éste y del sujeto particular que lo experimenta. Esto, por supuesto, incluye una participación y una implicancia distinta del “enfermo”. Su posición de pasividad pierde sentido y surge la necesidad de que pueda alcanzar un grado mayor de comprensión y responsabilidad sobre lo que le ocurre.

Así la psicoterapia y el psicoanálisis intentarán explorar, en menor o mayor profundidad, los significados que configuran el sufrimiento de determinada persona, dentro del universo subjetivo de su experiencia, de sus vínculos y de la relación que se establece con el terapeuta.

En nuestra época, los analgésicos han sido una solución efectiva y eficiente (que no considera mayor esfuerzo que el de ingerir una pastilla) para lidiar con el dolor y, a su vez, pareciera ser una metáfora que resume el espíritu de una sociedad que intenta disociar el síntoma de la enfermedad y de quien la padece. Resulta difícil pensar que el sufrimiento pueda tener un significado que vaya más allá de la molestia y del malestar. Resulta aún más difícil pensarlo, como un elemento favorecedor del desarrollo.

Si bien, la conectividad y la globalización actual, nos han permitido acceder a gran cantidad de información y han abierto la posibilidad de definirnos de una manera más flexible, permitiendo la emergencia y la convivencia de distintos paradigmas; se nos ha vuelto intolerable e inaceptable sentirnos mal o estar descontentos. Todo apunta a que existiría una permanente posibilidad de disfrutar y de tomar decisiones que no impliquen costos o pérdidas. Convivimos con la expectativa de tenerlo todo y de no sacrificar nada, para así saltarnos los duelos y eliminar la posibilidad de la muerte, de nuestra mente. Pero eliminar esa posibilidad de nuestra conciencia, no significa que no exista, ni mucho menos que no la experimentemos en términos inconscientes. Ante la pérdida y ante el sufrimiento, siempre estará la posibilidad de elaborar la experiencia y desarrollar nuevos aspectos de nuestra personalidad, o negarla y disociarla y así repetir y cargar con el dolor y la desesperanza de quien no puede ver.