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Hogar, dulce hogar - Telsalud


Columna semanal

Hogar, dulce hogar

por Claudia Aldana Salinas / 14 de julio 2020

Columna de Opinión del Psicólogo Iván Salas Nuñez.

Esta semana, invitamos a escribir a Iván Salas Núñez. Estamos felices que haya aceptado. Psicólogo y docente, Magister en Psicología Comunitaria, con marcada vocación e interés en temas de género, DDHH, en el trabajo con niñez en situación de vulneración. Con experiencia y formación en el trabajo con niños, niñas, jóvenes, y sus familias, bajo un contexto interdisciplinario, realizando intervenciones que implican el diseño de planes enfocados en resolver de manera integral sus problemáticas bio-psico-sociales, además de experiencia en intervención en crisis, primero auxilios psicológicos, y en procesos de atención reparatoria de víctimas de delitos.

Cuando se habla de confinamiento por crisis sanitaria, se piensa generalmente en lo que ocurre al interior de nuestros hogares y todo lo que ha significado estar encerrados con los nuestros. La conciliación de lo laboral y lo doméstico o para quienes tenemos bajo nuestro cuidado a niños y adolescentes, nos ha puesto en jaque respecto a cómo vemos la crianza y cómo hemos decidido ejercerla. Hoy más que nunca, con hijos, hijas, parejas y familiares bajo el mismo techo 24/7 nos ha demostrado cuán difícil es convivir restringidos del libre tránsito.

Luego de alrededor de 110 días de confinamiento, con permisos controlados para salir de compras, pasear mascotas o ir a visitar a personas mayores, quisiera contarles lo que implica el encierro al interior de otro hogar, uno que nadie quisiera compartir, y mucho menos queremos ver: un lugar donde habitan un grupo de jóvenes, una residencia de protección -o como generalmente les llaman- un “hogar de menores”.

Estos jóvenes, para sorpresa de muchos, están en buenas condiciones y han mantenido un buen comportamiento. Un espacio con los problemas propios de cualquier casa con adolescentes en su interior, donde el uso excesivo de celulares, el dormir tarde, la falta de ganas para estudiar y lidiar con los quehaceres domésticos ha sido lo más complejo de manejar… ¿les suena familiar?

Trabajar en un lugar de estas características, es luchar diariamente contra el prejuicio constante, ya que muchos de nosotros creemos que al interior de una residencia ocurren cosas terribles, donde reina el pánico, el terror y la desolación; donde se vulneran derechos constantemente y donde la única salida es “escapar”.

Desde mediados del 2018, he tenido la suerte de compartir uno de estos espacios, uno diferente. Al interior, compartimos la mesa, se estudia, jugamos, conversamos de la actualidad, aprendemos, crecemos y trabajamos junto a diez jóvenes que no han hecho nada para estar viviendo lejos de sus familias. 

Ellos conviven con otros jóvenes, quienes solo tienen en común el cargar con el estigma social de ser “Niños del SENAME”. Ojo: ¡USTED NO LO DIGA!… no existen “esos niños”. SENAME no es propietario de nadie, menos aún de estos jóvenes, que viven bajo el sistema de protección del Estado.

En este espacio, que nació hace dos años con el objetivo de mejorar las condiciones de las residencias a nivel nacional, la vida se lleva de manera cercana, afectiva y con mucho trabajo técnico. Un trabajo de hormigas, respetando, acercándonos y demostrándoles a estos jóvenes que buscamos para ellos, poder avanzar hacia la autonomía progresiva y llegar a la vida adulta llenos de herramientas para enfrentar al mundo de la mejor manera, en buena ley.

La urgencia de experiencias de bienestar -aquellas que nos entregan estabilidad, felicidad y nos ayudan a tener una buena salud mental-, la existencia de agentes resilientes, es decir, personas que nos ayudan a generar cambios positivos y vivir en un ambiente sin miedo a que ocurran cosas malas que nos puedan afectar de por vida, son elementos centrales para vivir en un confinamiento de estas características. No solo en cuarentena, sino en el día a día.

En este espacio, mirarlos como jóvenes, llenos de derechos y con oportunidad de ejercerlos, se da en la cotidianidad… pero, ¿qué pasa fuera de la residencia?

Ellos saben que la oferta pública no cuenta con residencias sanitarias para menores de edad, lo que implicaría hospitalizarse -no en una clínica, sino en un hospital del colapsado sistema público-, y esperar poder volver al lugar que se transformó en su hogar. Un lugar que los cuida y los protege de la realidad que viven comunas en las que sus familiares más cercano habitan, sectores populares que tienen el récord de contagios COVID-19 y de solicitudes (a través de la Comisaría Virtual) para asistir a funerales y visitar familiares recluidos en centros penitenciarios.

Nuestro desafío diario es poder transformar nuestra residencia de protección en una casa, y esa casa, en el hogar de estos jóvenes. Ya que para ellos, al igual que para ustedes, el mejor lugar para pasar esta cuarentena… termina siendo su hogar